Monday, July 21, 2008

Hitler torero o el arte del boxeo


Por Albert Serra Juanola (fundador del realismo histérico)



(Parte primera)

"Se torea como se es."
J. Belmonte


Quiere la historia que sólo a veces conozcamos su reverso. Recordemos lo que Hitler piensa del movimiento dadaísta:"Pero semejante desarrollo de la epidemia dadá, debia acabarse algún dia; el día en que esta forma de arte correspondiera verdaderamente a la concepción general, se habría producido uno de los mayores trastornos de la historia de la humanidad. Habría comenzado el desarrollo al revés del cerebro humano... pero temblamos al pensar de qué manera podría acabar todo esto. " Pone Proust un ejemplo muy ilustrativo sobre el carácter reversible y peligroso de la realidad: cuenta como un siquiatra, para cerciorarse de la curación de un enfermo, entabla un diálogo con éste; el enfermo, con evidentes síntomas de cordura, se queja de la pretensión de otro interno que se cree Jesucristo: "Parece mentira que alguien pueda creerse Jesucristo. ¿Cómo es posible que una persona, en su sano juicio, pretenda ser Jesucristo? Me parece una barbaridad. Es más: es totalmente imposible porque... Jesucristo soy yo." Debemos reconocer que los dadaístas fueron los primeros, los originales, los creadores de la expresión más pura y violenta del arte del siglo XX. Pero también es forzoso reconocer que Adolfo Hitler fue dadaísta más colosal, el más espectacular y "comercial", el más grande. Fue además precursor del body-art, de la performances, de los happenings; un situacionista aventajado, para el cual la vida diaria era una locura desatada..., un payaso para el que sólo existía una única realidad y, por tanto, todo debía tomarse en serio: ejemplo proteico de un sintético, indivisible, que no obserbó jamás que pudiera haber diferencia alguna entre la vida, la política y el arte.
Ante la febril actividad hitleriana el situacionismo se queda sin crítica; no porque las atrocidades sean alucinantes y absolutas, puesto que la crítica situacionista no se ejerce desde una moral humanista, sino porque es genial. Se puede intentar (ya veríamos con qué resultados) una crítica desde el trascendentalismo, desde "la paradoja de haber vivido la muerte", pero en tal caso estaríamos todavía en el siglo XIX, en una época anterior a Baudelaire (aunque resulte sorprendente hay muchísima gente que no se ha enterado que no estamos en la primera mitad del siglo pasado); la sensibilidad moderna, sin embargo, ha sentido ya la fascinación por el Mal, y debe situarse, por tanto, un poco más allá de la moral tradicional. Entonces, ¿Cuál es el criterio?
Podría ser, como sucedió con el punk, el concepto puro de diversión: las cosas son buenas mientras son divertidas. Así, podíamos ver en televisión a una estrella del movimiento, con una espectacular esvástica en el brazo, afirmar: "Yo no creo realmente en la esvástica... pero es muy bonita."
Otra posibilidad sería utilizar el criterio del irracionalismo, que tan caro le era al surrealismo y que, según ellos, habría de propiciar la revolución más importante de todos los tiempos (en este sentido, es forzoso reconocer que ya nada podrá ser igual después del surrealismo, pero no es menos verdad que dicha revolución nunca se realizó de la manera que la habían soñado; hoy ya sabemos de qué material están hechos los sueños). Pero también en este caso es Hitler un maestro. Basta mencionar el mote secreto que circulaba entre sus más allegados colaboradores para referirse al Führer: "Teppichfresser", és decir, "El comealfombras", por las tan comentadas rabietas histéricas "en que se tiraba al suelo y mordía la alfombra" en uno de sus muchos ataques, cuya frecuencia e intensidad fueron creciendo con la tensión y frustraciones de los últimos años. O podríamos mencionar también su afición por la astrología, en los dictámenes de la cual fundó siempre sus más graves decisiones. O su identificación insconsciente con Jesucristo, con el Jesucristo triunfante por supuesto, áquel que arrastraba las multitudes tras de sí, no con el mártir de la crucifixión, que Hitler veía como un fracaso. O la acuñación de un término y un concepto: "Gotglaubig", "creyente en la divinidad", sin vinculación concreta a un credo determinado; a nivel práctico, esto significaba que la generalizada hostilidad a la religión se desarrollaba en un marco donde se empleaba la Providencia como justificación de todos los actos del régimen: la maquinaria propagandística nazi celebrando la cerimonia de la confusión. Es difícil imaginarse que un político actual coloque en la via pública un enorme retrato suyo rodeado, como una aureola, por pequeñas copias iguales de una pintura de Jesucristo; pero Hitler lo hizo. Y si nos centramos en las diferentes investigaciones siquiátricas que han estudiado tan particular caso, observamos que mayoritariamente coinciden en, como mínimo, las siguientes patologías: paranoia, histeria y neurosis. Toda una colección de premios que harían palidecer de envidia a cualquier miembro del grupo surrealista.
De la ideología situacionista (dadaísmo más eficacia revolucionaria), podemos deducir que el criterio a partir del cual desarrollan toda su crítica es el de subversión. Analizemos, por ejemplo, el concepto de "dérive", especie de viaje psicogeográfico, "ruta instantanea al cambio total". ¿Qué son los paseos sin rumbo por una ciudad de cuatro situacionistas imbuidos de literatura maldita, al lado de los 300.000 soldados que Hitler envía a la campaña rusa, en un viaje fascinante de turismo a la deriva total? La normalidad, en una empresa de estas características, en la que lo trascendente de la muerte y lo grotesco de la vida práctica se confunden, no tiene cabida. Es fácil imaginarse a los soldados alemanes tirados por las carreteras, helados de frío por el invierno durísimo, muriéndose... de risa, mientras un loco da unos espléndidos bocados a una alfombra en un despacho de Berlín. Esta unión de lo lúdico con lo esencial, tan fundamental para el dadaísmo, se ejecuta de manera implacable en los campos de concentración: la mayoría de ellos solía tener un zoológico y una orquesta sinfónica, como si de un parque temático moderno se tratase; así, los presos se dirigían hacia su propia muerte con música de fondo en directo, y el rugido de unas fieras enjauladas a lo lejos, de manera que fácilmente se pudiera tener la impresión de entrar en una fiesta loca. La crueldad también puede ser refinadísima, expresión de una cultura artística muy evolucionada, puesto que no hay contradicción natural entre los valores del arte y la ausencia de sentimentalismo ("El objetivo de la mayoría de novelistas modernos no parece ser escribir novelas que estén bien, sino novelas que hagan el bien", sentenció Oscar Wilde). De paso, me gustaría recordar aquí que el sentimentalismo nunca fue uno de los puntos fuertes de Hitler: judío era el superior que le propuso para una importante condecoración que obtuvo, como judíos eran los marchantes de Viena que le ayudaron comprándole algunas acuarelas, y judío era el médico de su familia, tan bondadoso con ellos. Si para el situacionismo tenía cierto valor el concepto de eficacia (cosa bastante inexplicable y estúpida porque sí que existe una contradicción natural entre lo festivo y lo útil) me parece que los niveles de "producción de los campos son más que aceptables", y buena prueba de ello es la saturación de algunos durante los últimos meses de la guerra.
Juan Genet decía que le gustaba Hitler porque, a diferencia de todos los demás políticos, era absolutamente irresponsable: nos lo imaginamos mirando las estrellas y pronunciar de repente la palabra "Polonia", para que inmediatamente miles de tanques se lancen a la conquista del país vecino; la prueba irrefutable que era un irresponsable integral es que, de checho, perdió la guerra. La economía burguesa, representada por los líderes occidentales, que se caracteriza por el cálculo más exacto posible de las oscilaciones gasto-beneficio, pudo una vez más con la economía pasional basada en el derroche descontrolado. (Algunos siquiatras, sin embargo, han apuntado que Hitler, gran masoquista, quería en realidad perder la guerra, aunque sin trampas, es decir, luchando a muerte por la victoria hasta el final). Ya lo dijo Alain Robbe-Grillet en una ocasión, cuando al ser interrogado acerca de cuál sería el sentido de su voto en unas elecciones francesas, contestó: "Yo votaré al PS porque al menos carece de programa."
Hasta aquí hemos visto como la posibilidad de crítica del discurso hitleriano es negada desde la propia genialidad de este discurso. Pero, como ya avanzaba al principio, este discurso exige un poco más: el lugar preeminente que ocupa en la historia del arte. Todos sabemos que Hitler, en su juventud, fue un pintor que malvivió de las escasas ventas de sus cuadros (¿no sería terriblemente "glamouroso" tener hoy un Hitler colgado de la pared?), y dormía en centros de asistencia de mendicantes. Pero, contra lo que pudiera pensarse, jamás dejó de ejercer su gran vocación. Nos cuenta Speer, su arquitecto oficial, que el Führer pensaba ser enterrado en Linz, su ciudad natal, en la que tenía previsto construir (encima de su tumba) el grandioso "Centro de las Artes", pues Hitler, según confesión propia, nunca dejo de pensar en sí mismo como un artista que sacrificó el ejercicio de su talento estético en aras del deber. Pero se equivocaba; no lo sacrificó, simplemente lo lanzó a una dimensión demasiado avanzada para su tiempo. Afortunadamente, hoy, con nuestros conocimientos sobre historia del arte, podemos calibrar con más precisión todas sus aportaciones. Porque, ¿Qué son sus experimentos médicos con presos, las mutilaciones, los ensayos de metamorfosis, sino expresiones avanzadas de lo que hoy conocemos por "body-art"? O el exterminio masivo de reclusos en las cámaras de gas, donde muchos morían de asfixia por aplastamiento antes que se liberara el gas letal, ¿qué es sino un "happenning" equívoco y fascinante, cuyo sentido sólo comprendemos plenamente después de conocer las experiencias californianas de los 60? Tampoco podemos olvidar esa formidable "performance" que eran los desfiles militares de soldados altos y rubios, presididos por un Hitler de espalda regordeta, con un cinturón que apretaba sus carnes y parecía despegarlas del cuerpo. I, porque no, Hitler fue un precursor de aquel nuevo soporte artístico nacido en los años 70, que tuvo su máximo apogeo en los 80; me refiero, lógicamente, al concepto de instalación, que Hitler desarrolló de manera obsesiva en los, mal llamados, campos de concentración, en realidad instalaciones de arte vanguardista.
Pero nada de todo esto pudo ser apreciado en su día. Incluso hoy, la mayoría de historiadores, artistas e intelectuales, cierran los ojos ante estas clamorosas evidencias y se niegan, cubriéndose de gloria, a aceptarlas. Sin duda alguna, la poesía y el arte han sido las dos grandes víctimas del acontecimiento histórico. Comparadas con la poesía hitleriana, las manifestaciones dadaístas, surrealistas y situacionistas parecen el producto de una suerte de "neorromanticismo simplemente literario".
Hasta qué punto esta verdad ha sido falseada no puede ni imaginarse. La ignominia, la cobardía, la elevación de la anécdota aparecen en abundancia en los testimonios de los protagonistas de estos hechos.
Nos explica Jorge Semprún en sus memorias como algunos poemas de autores surrealistas y dadaístas (él, sin embargo, con toda su fatuidad y trascendentalismo gratuito quiere , en el fondo, referirse al arte en mayúsculas) le ayudaron a soportar su estancia en el campo de Buchenwald. Nos cuenta como, incluso, recitaban poemas de Baudelaire y como llegó a pronunciar una conferencia sobre Rimbaud, dos autores que, dicho sea de paso, inauguran el viraje estético y moral de la sensibilidad moderna, caracterizada desde este momento por su fascinación por el Mal. Es cuando menos paradójico que una persona que se identifica con esta tradición maldita y decadente, se asuste ante el auténtico rostro del Mal cuando éste aparece de verdad. Lo que invocaba por medio de la literatura (ya fuera el Arte, la Belleza o el Mal), lo tenía allí mismo en la vida. Y si aquello no le gustaba, por pura lógica o no, podía haber cometido un suicidio por diversión; por ejemplo, cocinando una tortilla de un par de metros y colgándose con ella, mientras los demás presos podían lanzar confeti y serpentinas, y bailar alegremente con la música de la orquesta.
Tampoco pueden leerse las memorias de Luis Buñuel sin sentir un poco de vergüenza por su idiotez ejemplar. En ellas nos cuenta con manifiesta indignación como la gente vió lirismo y poesía (se refiere a la película Un chien andalou) donde sólo había una vehemente apología del asesinato. Pero, pocos años después, se exilía de esta gran España porque hay un dictador. Para reventar de risa.¡"Franco mató poco" que dijo Dalí!
La palma de los payasos que se engañan con sus trucos a sí mismos se la lleva, sin embargo, Andrés Bretón. El hombre que sólo aceptaba el libre fluir del inconsciente sin ningún tipo de censura estética, moral o lógica; el hombre que había proclamado que el acto surrealista por excelencia era bajar a la calle empuñando un revólver y disparar al azar contra la muchedumbre, este mismo hombre, expulsa a Dalí del surrealismo por pintar El enigma de Hitler, y se escandaliza cuando otro miembro del grupo surrealista, sin ningún tipo de motivación, quema la puerta de su casa, con grave riesgo de provocar una gran catástrofe. Parece ser, si hacemos caso a Fernando Arrabal, que durante sus últimos años todo el mundo tuvo la delicadeza de no recordarle sus proclamas mas incendiarias.
¡Cuán lejos están todos estos testimonios del divino Dalí que había escrito una vez que no conocía nada más excitante que el espectáculo de un vagón de tercera lleno de obreros muertos, aplastados en un accidente! He aquí una más de sus lúcidas observaciones, en este caso sobre la figura de Adolfo Hitler:"Esto, sin embargo, no me impidió proclamar que Hitler encarnaba para mí la imagen perfecta del gran masoquista que desencadenaba una guerra mundial por el solo placer de perderla y enterrarse bajo las ruinas de un imperio: acto gratuito por excelencia que hubiera debido suscitar la admiración surrealista, ¡por una vez que teníamos un héroe moderno!"
Naturalmente que hoy no estamos en 1939; naturalmente que en 1977 Johnny Rotten pedía al público que le escupiese y le lanzase objectos peligrosos; naturalmente que tampoco estamos en 1996 cuando el mismo Johnny Rotten pedía al público que le lanzase "montones de dinero". Naturalmente que los tiempos cambian y que nunca podemos reconocernos en aquellos pasados. Naturalmente que volvemos a ese día del més de setiembre de 1584; naturalmente que la imagen que más me conmueve es todavía aquella de Felipe II y Juan de Herrera, el último día de las obras de El Escorial, subidos a una colina cercana para mejor admirar el monasterio, llorando ambos abiertamente de emoción. Naturalmente que esta imagen es mi vida.

2 comments:

Anonymous said...

Is this a joke?

maría maza said...

guau! vaya texto loco! tremendo!